Paul Auster es, por excelencia, el escritor del
azar y de la contingencia; como no cree en la causalidad, persigue en lo
cotidiano las bifurcaciones surgidas por errores o acontecimientos
aparentemente anodinos. Esto sucede en la
trilogía de New York, en La música del azar, y sobre todo en Leviatán, en su excepcional escena central. Su estilo es
aparentemente sencillo, gracias a su trabajo y conocimiento de la poesía, pero
esconde una compleja arquitectura narrativa, compuesta de digresiones, de
metaficción, de historias en la historia y de espejismos (El cuento de Auggie Wren). También describe
existencialmente la pérdida, la desposesión, el apego al dinero, el vagabundeo
(en el palacio de la luna,
cuyo personaje central se llama Marco Stanley Fogg, en una especie de unión de
estos tres grandes viajeros). También se cuestiona la identidad, en especial en
la La trilogía de Nueva York en la
que uno de sus personajes (que no es el narrador) se llama como él; en Leviatán, en la que el narrador tiene sus iniciales (Peter
Aaron) y conoce a una mujer llamada Iris (anagrama de su esposa Siri); o en La noche del oráculo, donde un personaje se llama Trause (anagrama de
Auster). La enfermedad, el mimo en la descripción de los objetos de papelería,
la meta- literatura son señas de identidad recurrentes que se dan en su obra.
Auster es un defensor de las libertades y se
niega a visitar países "que no tienen leyes democráticas". Por eso no
va a China y rechazó —en protesta por el más de centenar de periodistas y
escritores que están encarcelados— la invitación que le hicieron a Turquía con
motivo de la publicación allí de Diario de invierno.
"Con todas estas historias Paul Auster construye un particular autorretrato".
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